domingo, 24 de agosto de 2014

Los baños y la natación

Paisaje fluvial, Thomas Gainsborough
En estos días de verano las altas temperaturas invitan a tomar un baño en playas y ríos. Pero el disfrute del mismo no debe hacernos olvidar en ningún momento las debidas precauciones.

Ya en agosto de 1800 aparecía publicado un artículo en la prensa de nuestro país (de la prensa francesa) en el que invitaba a reflexionar “sobre algunos peligros de los baños de agua corriente de los ríos y sobre la natación”.

Los baños considerados en aquellos entonces “útiles para la limpieza, conseguir un estado saludable y producir placer”, se estimaba peligroso y por lo tanto contraindicado para algunas personas como las que padecían vértigos y aquellas con frecuentes desvanecimientos o calambres. Pero también eran desaconsejados para las mujeres que sufrieran “vapores” o los hombres “con melancolía”, y todos los que se quejasen de “digestión penosa”.

Se consideraban además los baños “dañosos antes del amanecer y mucho tiempo después de puesto el sol” y cuando el agua no estaba expuesta a los rayos del sol.

Como remedio los bañistas debían acompañarse de amigos que supieran nadar, para salvarlos de cualquier peligro en caso necesario.

La práctica de la natación era poco usual en nuestro país y en general en toda Europa, ya que aunque fue muy practicada en Grecia y Roma, durante la Edad Media cayó en desuso en la mayoría de los países.

Los que no sabían nadar tenían que contentarse con la incomodidad de llevar consigo cuando se acercaban al agua para poder flotar , vejigas y calabazas que “ayudando a los que quieren ensayarse a nadar, los sostienen sobre el agua y los habitúan a no temer sumergirse”.

Otra sugerencia era un “sencillo y recomendado método” que consistía en “una camisola o almilla y unos calzones forrados en junco, y aunque se empape de agua no deja por eso de ser más ligero aún en este estado, de suerte que cualquiera que esté cubierto con él no tienen ningún peligro de sumergirse”.