domingo, 15 de marzo de 2015

"Callejeros Viajeros": Nápoles 1800


Nápoles, siglo XVIII
Puerto de Nápoles, siglo XVIII
Entre barrancos y caminos incómodos para el carruaje, el viajero de 1800 se adentraba en el Reino de Nápoles, atravesando campos de viñas e higueras, y pequeñas ciudades como Fondi, Itri o Capua.

Poco a poco el camino se hacía más fácil y bello, con aldeas y cuidadas casas de campo a las faldas de la montaña, que indicaban la cercanía a la gran ciudad de Nápoles y su puerto.

Esta urbe estaba habitada por más de cuatrocientas mil personas, y en ella se podían encontrar más de ciento setenta conventos y más de 13000 religiosos de ambos sexos.

Los palacios y otros edificios napolitanos eran lujosos, y muchas veces excesivos y extravagantes en los adornos, siendo las casas más características de la ciudad de piedra tosca y  ligera, con varios altos terminados en terrado y sin ningún tejado. Destacaba entre todos los edificios de la ciudad el suntuoso palacio real, y frente a la bahía, el imponente Vesubio, que en el siglo I d.C. arrasó las ciudades de Herculano y Pompeya, y que en el año 1800 eran ya un sitio de interés (al haberse descubierto sus ruinas unas décadas antes).

Las calles de Nápoles, tenían pocos faroles que hacían escasa la iluminación por la noche, además estaban enlosadas con anchas piedras, que aunque cómodas para la gente de a pie, hacían resbalar las caballerías de los coches.

Los napolitanos considerados de trato agradable y gente pacífica, eran aficionados a hablar y reñir a grandes gritos, siendo famosos por sus expresiones exageradas sobre todo entre el numeroso grupo de gentes ociosas que deambulaban por la ciudad.

Se divierten en Nápoles en ir a ver matar los pescados con arpones, se embarcan para este efecto al anochecer y se sirven del resplandor de un brasero, que con su luz atrae los pescados y con ella se les distingue y para reconocerlos bien, echan aceite en el agua, el cual tiene la propiedad de calmar su agitación”.

Para los ricos, la afición al lujo y las diversiones consistían en asistir a representaciones y espectáculos teatrales (sobre todo la ópera), así como a tertulias y juegos de mesa en salones, banquetes y en la época de carnaval las fiestas de disfraces.

De los habitantes de Nápoles se decía que eran “sobrios en el comer, pero no en el chocolate”. Consideraban entre los mejores manjares la carne de ternera, aunque eran los macarrones y una gran variedad de pastas a la vez que el pescado, el alimento habitual del pueblo mientras que las patatas y pan de panizo con trigo era el recurso entre los napolitanos más pobres.

Por entonces un curioso dicho entre los napolitanos aseguraba que: bastaban “farina, furca, festín” (que venía a ser abundancia de víveres, castigos ejemplares y espectáculos) para contener a los ociosos y evitar problemas en la ciudad.