domingo, 9 de junio de 2013

Sobre toros y toreros

Si observamos algunas pinturas de Goya podemos darnos cuenta de la fama y popularidad del toreo y los toreros en el año de 1800, pero esto además quedaba de manifiesto en los diarios de la época, con anuncios de funciones ecuestres y de novillos, la venta de estampas o dibujos sobre el toreo e incluso en las pinturas-retratos de toreros de cada temporada taurina.

Banderillas en el campo-Goya, Colección Masaveu



Aunque la fiesta del toro venía desde antiguo, y fue evolucionando en técnica y recursos a lo largo de los tiempos, fue a finales del siglo XVIII cuando se puede hablar de un estilo propio de “toreo moderno”. Se fue perfeccionando el toreo a pie, con mayor agilidad y destreza, y se depuró la manera de capear y matar al toro.

El toreo pasaba de ser una “fiesta con toros” a un espectáculo con profesionales expertos, y a la vez que se reforma, van aumentado el número de sus incondicionales.

Los años finales del siglo XVIII son la época en la que se impuso definitivamente la visión de “toreo andaluz” (más estático y de enfrentamiento con el toro) frente a la tradición navarro- aragonesa (que se prestaba más a la espectacularidad y al juego con el toro).

También fueron los años en que los toreros empezaron a utilizar los trajes de  seda que llamaban “de majo” sustituyendo al calzón y coleto (una especie de chaleco) de “ante” que se utilizaban en tiempos anteriores y que les ayudaba a resistir las cornadas.

El espectáculo taurino era denostado por los “ilustrados”, que se oponían por considerarlo una actividad de ”costumbre bárbara para toros y toreros”, de representación de fanáticos que “con insultos, silbidos y gritos arrojan brutalmente al torero sobre las astas del toro” o se quejaban de los picadores que sin preparación provocaban el destrozo de los caballos que montaban.
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Por otro lado los “partidarios” del toreo argumentaban ante estos ataques que: “Lo que atrae principalmente a los espectadores es el bullicio del concurso, el holgorio de la gente y la grandeza del espectáculo

Dirigidas muchas veces a obtener beneficios destinados a obras de caridad como el Hospital de San Carlos, hospital de la cárcel y obras de los religiosos, la recaudación se obtenía tanto de los tendidos en las gradas y balcones como de la venta de la carne de los toros y venta de los “pellejos” de los caballos (que podían llegar a ser hasta 20 por corrida) además de la contribución de los aguadores que había en la plaza.

En los diarios se anunciaban corridas en la Corte con lujo de detalles en el que se llegaban a lidiar hasta 20 toros por día (en las provincias llegaban a 12 toros como en Illescas). Distribuidos  en dos sesiones para el mismo día se comenzaba a las diez de la mañana y a las cuatro de la tarde.

Las autoridades con la intención de facilitar al público una “gustosa  diversión” organizaban los espectáculos de toros de manera que a veces se lidiaban en la misma corrida a caballo y a pie, estando sólo destinados a matar por el torero en la plaza algunos toros y los otros formaban  parte de un espectáculo donde personajes con vestidos llamativos (por ejemplo de morisco) ponían banderillas o se echaban perros en la plaza  para que lucharan con el toro.

Común en el espectáculo de la corrida  llegó a ser el destinar varios novillos para que el público pudiera bajar a la plaza, “a excepción de ancianos y niños bajo multa de 25 ducados” y en el que los aficionados podían demostrar su destreza y habilidad con el animal.

Para finalizar la jornada en la plaza a veces se realizaban actuaciones de payasos con  equilibrios y volteretas sobre una cuerda, demostrando diferentes habilidades y juegos ante el público. También se hicieron habituales los  fuegos artificiales y la  música para amenizar la función.

Las corridas de toros eran populares también en los Reinos de Lima, Buenos Aires, Nueva España y otros territorios españoles de América.

1800 es el año en que muere, habiéndose retirado unos años antes de los ruedos, Joaquín Rodríguez (Costillares), al que se le llamó “maestro de la elegancia en el toreo”. Costillares era considerado el inventor del volapié (matar los toros parados yéndose a ellos) y la verónica (lance sujetando la capa con las dos manos). 

Era la época de grandes maestros, fundadores del llamado toreo moderno. Encontrándose, dos rivales en estilo y dos competidores en la plaza: Pepe-Hillo y Pedro Romero.

El  sevillano Pepe-Hillo,(o Pepe-Illo como aparece en otros escritos) apodo de José Delgado Guerra, era famoso por su arrojo y originalidad en el toreo. Sus seguidores encontraban en las  actuaciones que ejecutaba en la plaza toda clase de suertes y temeridades.

Para Pepe-Hillo desde el momento que entraba el toro en la plaza, el torero debía ser coherente con la faena del toreo. Fue discípulo de Costillares, considerándose ambos de la  “escuela sevillana”.

"La Tauromaquia", autor: Pepe-Hillo

Fue el autor de  “La tauromaquia o arte de torear a pie y a caballo” que en 1800 se anunciaba como “obra utilísima para los toreros de profesión, y para toda clase de personas que gustan de toros. Esta única en su especie ha sido deseada del público español, no habiendo hasta ahora ningunas reglas escritas, queda desempeñada según dictamen de sujetos inteligentes en la materia. En Madrid a 6 reales.
En 1801 mientras toreaba en Madrid fue cogido y muerto por un toro. Dicho suceso provocó una gran conmoción en la sociedad.

Pedro Romero matando á toro parado
Goya, Museo del Prado
El rondeño Pedro Romero, era heredero de una ilustre estirpe de toreros, (nieto de Francisco Romero, hijo de Juan Romero y hermano de José Romero). Considerado un ejemplo de técnica precisa y sobria, a la vez que firme en la capa y certero en el estoque. Para Pedro Romero lo más importante y el momento cumbre de la corrida era matar al toro. Su estilo se llamará de “escuela rondeña”.
Es curioso de este torero que teniendo una dilatada trayectoria profesional (anunció su retirada de los ruedos en más de una ocasión), y matando miles de toros no sufrió ninguna cornada. Al igual que Pepe-Hillo tuvo muchos incondicionales y fue un personaje muy popular en su época.

Tanto Pepe-Hillo como Pedro Romero fueron innovadores con su estilo y consiguieron muchos admiradores dentro y fuera de la plaza.

Hace unos años se presentaba publicada la recopilación de la “Obra Taurina” de José Bergamín y en ella aparecen sus seguidillas toreras que con algunas de sus estrofas podemos ambientar esta entrada:

El arte del toreo
fue maravilla,
porque lo hicieron juntos
Ronda y Sevilla.

Unieron dos verdades
en una sola
con Illo y con Romero
Sevilla y Ronda.

De Sevilla era el aire,
de Ronda el fuego;
y los dos se juntaron
en el toreo.

Y como se juntaron
los dos rivales
no habrá nada en el mundo
que los separe.